Los guardias se miraron entre sí, inseguros de cómo proceder.
La orden de Santiago había sido clara, pero enfrentarse directamente al nieto del gran señor Aragón era otra cosa.
Eduardo soltó una carcajada amarga, llena de desprecio.
—¿Qué pasa? ¿Tienen miedo? —los fulminó con la mirada, avanzando hacia ellos como un animal acorralado dispuesto a atacar—. ¡Vayan y díganselo! ¡Que tenga el valor de mirarme a los ojos mientras destruye a su propia sangre!
La tensión en el ambiente era casi insoport