Santiago se giró lentamente hacia su nieto, Eduardo. En su rostro no había más que una mezcla abrasadora de decepción y rabia. Sus ojos, normalmente cálidos, ahora eran dos pozos oscuros que reflejaban su decisión irrevocable. Dio un paso adelante, su figura imponiendo silencio en el salón lleno de invitados. Eduardo retrocedió instintivamente.
—¡No es verdad, abuelo! —gritó Eduardo, su voz quebrándose—. ¡Son mentiras! ¡Quieren incriminarme! ¡Esto es una conspiración!
El eco de sus palabras apen