Dylan se reflejó en las grandes pupilas de Eduardo, pero lo que vio lo llenó de inquietud. Frente a él no estaba el hombre altivo y arrogante que había conocido durante toda su vida.
Tras las rejas, Eduardo era la sombra de sí mismo, un cascarón vacío consumido por el odio y el rencor.
Dylan negó con la cabeza, manteniendo la voz lo más serena posible.
—No he venido a contemplar a un hombre en ruinas. No soy tan miserable, Eduardo. He venido a decirte que contraté a un abogado para que te defien