Cuando Franco y Dylan regresaron a la mansión, el ambiente era denso, cargado de una tensión que parecía envolver cada rincón.
Apenas cruzaron la puerta, Máximo apareció desde el salón, con el rostro desencajado y los ojos enrojecidos por el llanto.
Corrió hacia ellos, su desesperación palpable.
—¡Díganme! —exclamó, con la voz quebrada—. ¿Mi hijo tiene una oportunidad de salvarse?
Dylan tragó saliva, desviando la mirada hacia el suelo, incapaz de sostener la intensidad de los ojos de Máximo.
—Lo