Los gritos de Yolanda resonaron como un eco desgarrador por los pasillos del hotel, alertando a la seguridad.
En cuestión de minutos, los empleados y algunos huéspedes comenzaron a rodear la escena, susurrando con curiosidad morbosa mientras observaban a Glinda inmóvil al pie de las escaleras. Las miradas de todos iban de la mujer herida a Yolanda, que no paraba de señalar con un dedo acusador a Marella.
—¡Fue ella! —chilló Yolanda, con los ojos desorbitados y el rostro marcado por una furia imp