Darrel se asomó a la ventana. Observó el vacío de la noche con el ceño fruncido, asegurándose de que Tina se había marchado.
Su mirada, perdida y oscura, se desvió hacia la mesa.
Se sirvió un trago generoso y lo bebió de un golpe, esperando que el ardor en su garganta apagara el fuego de su mente.
Vestido con un impecable esmoquin, Darrel lucía tan elegante como descompuesto.
Se sentía perdido, atrapado entre las sombras de sus propios deseos y remordimientos. Amaba a Tina, o eso se había dicho