Darrel tenía la mirada perdida. El silencio de la habitación se hacía más pesado con cada minuto que pasaba, pero Mora no regresaba. Las horas parecían haberse detenido en un abismo interminable. Su mente revoloteaba entre recuerdos difusos y un nudo de preocupación que apretaba su pecho sin piedad. Entonces, el sonido estridente de su teléfono rompió la tensión. Miró la pantalla: era su padre.
—Hola, papá… —respondía, intentando sonar calmado, pero su voz salió temblorosa.
—¡¿Dónde demonios est