Máximo alzó la mirada.
Su mano temblorosa, ya fuera por el frío o la incertidumbre, se extendió lentamente hacia Dylan.
Cuando sus dedos rozaron el rostro de su hijo, lo hizo con una suavidad que desarmaba cualquier barrera.
Aquella caricia no era como otras; tenía un peso especial, una intensidad que atravesaba la piel y llegaba directo al corazón.
Dylan permaneció inmóvil, permitiendo que el gesto lo envolviera.
En ese instante, entendió algo que había tardado años en vislumbrar: no todas las