La jeringa cayó de sus manos, rodando hasta detenerse junto a la pata de la cama.
Bernardo la miró desde su posición, incapaz de estirarse lo suficiente para alcanzarla.
La voz de la joven que había irrumpido en su habitación seguía resonando en sus oídos, como una campana que rompía la muralla de apatía y desesperanza que había construido a su alrededor.
—¡No te matarás! —gritó Emma, sus ojos encendidos de furia y tristeza mientras se apresuraba a recoger la jeringa.
Bernardo apretó los dientes