Dylan estaba furioso. Su corazón latía tan rápido como si fuera a explotar, el nudo en su estómago era insoportable.
Cuando vio a Cecilia desnuda en esa cama, la rabia se apoderó de él.
Sus palabras salieron con tanta furia que ni siquiera él podía reconocer su propia voz.
—¿Esto es una trampa? ¡Cecilia, no me importas en lo más mínimo! ¡Eres solo un maldito fantasma del pasado, y los fantasmas no existen! —gritó, con el pecho empapado de desprecio.
La puerta se cerró con violencia, pero la mira