—¡¿Qué pasa, Santiago?! ¿Qué le pasó a mi hijo? —exclamó Miranda, su voz temblaba con una mezcla de desesperación y temor.
Agustín apretó los puños a su lado, su mente nublada por la preocupación. No dejaba de pensar en Marella, su hija. El silencio de Santiago era un presagio, una sombra que caía sobre todos en la habitación.
Santiago finalmente se dejó caer en una silla, como si su cuerpo ya no pudiera soportar el peso de la noticia que llevaba. Miranda, con las manos temblorosas, le ofreció u