Alma se abrazaba a sí misma mientras las palabras de Bernardo resonaban en su mente, un eco cruel que no podía ignorar.
«¡Bernardo, eres tan cruel! Nunca me has querido, entonces, ¿qué quieres de mí?», pensaba con desesperanza, sintiendo cómo las paredes de su mundo se desmoronaban.
Mientras tanto, Bernardo conducía con una fría determinación.
Llegó al lugar donde María Ochoa lo esperaba, una mujer de ojos hundidos y manos temblorosas. Sin mirarla directamente, le tendió un fajo de billetes.
—Co