Antes de salir, mientras Salvador se bañaba, Alma sentó la mirada en su teléfono, sintiendo el peso de todo lo que había ocurrido.
No podía soportar más la ansiedad que recorría su cuerpo, pero sabía que no podía retrasarlo.
Llamó a su padre con manos temblorosas, el sonido del tono de llamada resonando en su mente como un presagio.
—¿Papá? —su voz quebrada apenas salió, pero al instante, se armó de coraje—. Tengo que contarte lo que sucedió con Bernardo.
Franco escuchó el relato de su hija con