Máximo estaba en el balcón del lujoso departamento que, a pesar de su opulencia, ahora se sentía vacío y frío.
Fumaba un cigarrillo con movimientos nerviosos, mientras su mano temblorosa sostenía un vaso de whisky que apenas disimulaba su rabia.
Miraba hacia la nada, hacia el abismo de sus pensamientos, que lo atormentaban con una verdad que no podía aceptar: Eduardo no era su hijo.
Apuró el último sorbo de su trago, sintiendo cómo el ardor del licor apenas raspaba la superficie de su dolor.
Un