La cabaña se alzaba solitaria entre las montañas, rodeada por la quietud de la noche. El canto de los grillos y el murmullo del viento nocturno eran los únicos testigos de su llegada. Alma y Salvador detuvieron el auto frente a la pequeña construcción de madera.
Las luces del interior estaban apagadas, y el frío de la altura se colaba bajo sus abrigos.
Alma miró a Salvador con curiosidad, frunciendo ligeramente el ceño.
—¿Por qué vinimos aquí?
Él sonrió, una de esas sonrisas que siempre lograban