Bernardo apretaba los puños mientras miraba el cuerpo inerte de su abuela en la morgue.
El frío del lugar parecía traspasar su piel, pero no era el frío lo que lo hacía temblar.
Era la rabia, el dolor encapsulado en su pecho, acumulado durante años.
Las luces blancas y frías iluminaban el rostro de la mujer que lo había cuidado de niño. Ahora, se había ido para siempre.
—Abuela, te juro que los Aragón pagarán —murmuró con los dientes apretados—. Pagarán por todo el daño que nos hicieron, por to