—¡Esto es mentira! ¡No puede ser cierto! ¡Eduardo es mi hijo, es mi hijo! —gritó Máximo, desesperado, con la voz quebrada y los ojos desorbitados.
Santiago bajó la mirada, incapaz de sostener la intensidad de su dolor.
Negó lentamente con la cabeza, sosteniendo el sobre con fuerza entre sus manos temblorosas.
—No es así, Máximo… —dijo con un tono apagado, tratando de controlar la emoción en su voz—. Esta es la verdad, y lo siento tanto… Pero Eduardo no es tu hijo.
El rostro de Máximo se transfor