—¡Llamen a una ambulancia! —gritó Dylan, su voz quebrándose mientras presionaba con fuerza la herida de su padre para intentar detener el flujo de sangre.
Máximo yacía inconsciente, su rostro pálido como si ya hubiera sido reclamado por la muerte. Eduardo, herido y cubierto de moretones, temblaba mientras trataba de mantener la calma, aunque sus ojos estaban desbordados de lágrimas.
—¡Padre, por favor, no nos dejes! —exclamó Eduardo con desesperación, su voz ronca, casi irreconocible.
La ambulan