—¡¿Lo escuchas, abuelo?! ¿Así que solo buscas la herencia de los Aragón, bastardo? —exclamó Eduardo, con una furia incontrolable que parecía incendiar sus palabras.
Los ojos de Dylan se encontraron con los de su hermano, llenos de desprecio y rencor.
Pero su mirada, oscura y contenida, no era menos intensa.
—¡Basta, Eduardo! ¡No vuelvas a llamar así a tu hermano! —intervino Santiago, su voz imponente resonando en el salón. Luego miró a Dylan con una mezcla de duda y desilusión—. Responde, Dylan,