Eliana retrocedió lentamente.
Sus pasos eran torpes, inseguros, como si el suelo bajo sus pies hubiera dejado de ser firme. Estaban en la habitación, ese espacio que tantas veces había sido testigo de secretos… pero nunca de uno tan oscuro como el que estaba a punto de salir a la luz.
Frente a ella, Jonás la observaba. No con duda.
No con confusión. Con rabia.
Una rabia contenida, peligrosa.
—¿Qué hiciste? —preguntó con voz grave, cada palabra cargada de incredulidad.
Eliana lo miró fijamente.
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