La bandeja con la comida humeante era un peso insignificante en mis manos comparado con el fuego que ardía en mis venas. Clara me había entregado la llave con una mirada de puro terror y yo la había tomado sin decir una palabra. No necesitaba el permiso de nadie, mucho menos el de ella, para entrar en cualquier rincón de lo que me pertenecía.
La llave giró en la cerradura con facilidad. Empujé la puerta y entré.
Kiara estaba sentada en el suelo, junto a la cama, con las piernas recogidas contra