Esa mujer era mi antídoto personal para el enojo.
Y vino en el momento perfecto, ya que estaba a nada de contratar a alguien en Niza para que le patee el trasero a mi hermano.
—Puedes entrar, Kiara —dije. Hasta yo fui consciente que mi voz sonó notablemente más suave que hace apenas unos segundos.
Ella se deslizó dentro, con esa mezcla de timidez y curiosidad que todavía, después de todo este tiempo, me desarmaba. Aparté el celular de mi vista, dejándolo sobre el escritorio. El mundo, con sus