—¿Hoy no tienes que ir a tus reuniones? —Le pregunté a Alexander, quién seguía con su pijama a las nueve de la mañana—. ¿Y la subasta?
—Hoy solo son formalidades, nada importante. Me quedaré contigo —habló con normalidad, mientras desayunamos.
Quise concentrarme en la medialuna que estaba cubriendo con una espesa capa de queso de cabra, pero no podía evitar pensar que la razón por la cual no iba a esas reuniones era para evitar enfrentarse a los otros empresarios, a la vergüenza que le causé