Yo no sabía pelear, nunca lo había hecho. Era más de las que recibían los golpes hasta que se cansaban. Pero no iba a permitir que eso me impidiera luchar.
Sabía que no era bonita, que mi cabello, mis ojos, mis cejas, ¡que todo en mí era raro! Pero ya estaba harta que me lo repitieran, que me recordarán todos los días que era un fenómeno.
—¡Eres una maldita desgraciada! —chillé. Y no me importó decir palabras tan vulgares, no ahora.
Aproveché ese sentimiento amargo y caliente que abarca