La atmósfera allí se sentía sofocante. La enorme lámpara de cristal que colgaba del alto plafón parecía vibrar junto con la tensión que se desarrollaba debajo de ella.
Violetta permanecía de pie, inmóvil, apretando el borde de la camisa blanca demasiado grande que aún cubría su cuerpo. Su visión borrosa apenas distinguía dos siluetas enfrentadas, desbordadas de emoción.
—¡Te has vuelto loco, Vir! —la voz de Esperanza se elevó, resonando en la amplia estancia—. ¿Casarte con una chica ciega de or