Violetta permanecía sentada, inmóvil, al borde de la cama demasiado suave para su frágil cuerpo. Las palabras de Vir sobre el sastre y la boda aún resonaban en sus oídos.
—¡Aún no he aceptado casarme contigo! —exclamó Violetta con el poco valor que le quedaba.
Los pasos de Vir, que se alejaban, se detuvieron de repente. Un silencio opresivo envolvió la habitación durante unos segundos, antes de que el sonido de sus pesados zapatos de cuero volviera a acercarse. Esta vez, más lento… más intimida