Aranza y Ernesto salieron de la clínica, caminaron por el jardín de la unidad médica, escuchando a los grillos cantar, el crujir de las hojas secas acompañaba su caminar.
—No puedo creer que lo hiciéramos en mi trabajo —expresó sonriente—, imagina si alguien nos hubiera encontrado en plena acción —refirió cubriendo su rostro con sus manos, avergonzada.
Ernesto carcajeó.
—No piensen en eso, por fortuna no fue así —el joven la detuvo, retiró sus dedos de su cara y se acercó para besarla—. Siempre