Al día siguiente.
Guadalajara, Jalisco.
Gerardo de la Garza salía de su residencia, sosteniendo su resplandeciente bata blanca, se dirigió hacia su lujoso Porsche, y colocó sus gafas de sol.
—Adiós, papi.
La voz de un pequeño, lo hizo girar una vez más hacia uno de los grandes ventanales de su residencia y agitar su mano para despedirse una vez más de él. Justo cuando estaba por subir a su automóvil un hombre se le acercó.
Gerardo se inquietó al observar que estaba muy cerca de él.
— ¿Qué se le