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En mi casa, mientras yo metía apurada ropa en mi mochila, rogando no olvidarme nada importante, se planteó dónde cenaríamos, y decidimos comer ahí mismo, para que vos pudieras aprovechar y llamar a tus hijas.

—¿Hay algo que al menos parezca verde en esta casa? —te escuché preguntar desde la cocina.

Te encontré con el ceño fruncido delante de la heladera abierta y te señalé un volante pegado a la puerta de la propia heladera. Era verde. Me miraste con una cara que no precisaba tr

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