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No dejaste de mirarme al acostarte de lado junto a mí. Me atrajiste de nuevo entre tus brazos y tu mano corrió por mi piel bajo las sábanas hasta mi pierna, alzándola sólo lo necesario para que descansara sobre las tuyas. Sólo precisé apoyar una mano en tu mejilla para que te inclinaras a besarme.

Contuve el aliento al ver la línea de tu cabeza y tu hombro a contraluz. Exactamente como aquella noche en la que regresaras a San Francisco. Ahí estábamos, tal como esa otra noche que parecí

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