Erika estaba allí, apresada, casi cautiva. Dos hombres corpulentos y fuertes la intimidaban con miradas feroces mientras ella temblaba, rogando por su libertad.
—Por favor, les pagaré lo que les debo, se los prometo. Solo denme un poco más de tiempo —suplicó, con la voz rota.
Uno de los hombres más grandes se acercó, su rostro marcado por la impaciencia y la ira.
—¿Crees que mi jefe esperará por ti otra vez? Ya he perdido la cuenta de cuántas veces le has dicho que pagarás el dinero, pero te