Para cuando llegaron a casa, el cielo ya empezaba a oscurecer, y los últimos rayos de sol bañaban la entrada con un resplandor cálido.
Pedro detuvo el coche suavemente y, por un momento, ninguno de los tres se movió.
Los acontecimientos en la mansión aún flotaban en el aire—no pesados, no sofocantes, pero lo bastante presentes como para sentirse.
Alejandro fue el primero en salir tras un segundo. Rodeó el coche, deteniendo a Pedro cuando el asistente intentó abrir la puerta de Daniela.
Con una