La mañana llegó silenciosamente a la residencia Montemayor.
La luz del sol se deslizaba por las altas ventanas del comedor, extendiéndose lentamente sobre la mesa pulida y el desayuno perfectamente dispuesto que el personal ya había preparado. Afuera, los jardines estaban tranquilos, y el tenue canto de los pájaros cortaba la quietud de la hora temprana.
Alejandro ya estaba sentado a la mesa.
Una tableta descansaba frente a él, varios informes mostrados en la pantalla mientras los revisaba con