Addy.
Adriel odiaba ese nombre más de lo que cualquiera podría imaginar.
No porque sonara infantil o ridículo, sino porque el propio nombre era un recordatorio—uno que lo arrastraba de vuelta al comienzo mismo de todo lo que había salido mal en su vida.
El nombre se lo había puesto nada menos que Jimena Sanders.
Adriel forzó una sonrisa creíble en sus labios mientras caminaba más adentro del apartamento.
“Jimena,” la saludó con suavidad.
Se acercó a la zona de estar y se sentó en la silla frent