—Aaahhh, qué rico... sí... no te detengas. —Gimió con todo el vello erizado, el gustito es realmente adictivo.
—No gimas de esa manera. —Gruñó Vidar sin detener los movimientos. —Me harás perder el control y sabes lo que pasará. —Eir no lo escuchó, ella siguió jadeando, gimiendo y pidiendo más de lo que le estaban dando.
—Justo así. —Se apresuró a decir en un jadeo. —¡Por los Dioses! Qué buena mano tienes, amor. —Vidar gruñó ya enloquecido y tan duró que se siente morir. —Sigue, por favor, no