Mía se aferró al torso desnudo de Damien sin pensar si quiera en que se encontraba sin camisa. Cuando se acabaron sus lágrimas, se alejó un poco de él y limpió su rostro con las servilletas para secar las manos que había en el baño.
—¡Dios!, pensarás que soy una llorona, siempre me encuentras así.
—Ya te dije que jamás pensaría algo negativo sobre ti —le aseguró Damien.
La castaña terminó de limpiarse la vista y fue entonces cuando casi se queda sin aliento al verlo. Lo primero que llamó su ate