El peso de su cabeza sobre mi pecho es la roca que me mantiene unido a la realidad. Sentir el calor de Lyra, el rítmico pero débil latido de su corazón bajo mi oído, es el único milagro que me importa. Sin embargo, el veneno de la culpa sigue corriendo por mis venas, tan letal como el que casi la arrebata de mis brazos. Mis lágrimas no son solo de alivio; son el desbordamiento de un terror que me ha mantenido paralizado durante horas, viendo cómo su piel se tornaba ceniza y su aliento se volvía