El contacto de los labios de Mateo en su cuello quemaba, pero no con el fuego que Victoria recordaba de la noche anterior. Al cerrar los ojos, la oscuridad de la terraza se transformó en el vaho de aquella ducha; el fantasma de las manos de Daniel era más real que las manos de Mateo que ahora la sostenían. El pánico la golpeó como un balde de agua fría: el contrato. Tenía un pacto de exclusividad de un mes y apenas cruzaba la frontera de la segunda semana.
—Espera... aquí hay mucha gente —logr