—¿Qué tienes, Rivera? Pareces perdida —comentó él, observándola con una intensidad que sugería que podía leer cada uno de sus pecados.
Victoria se acomodó, intentando poner unos centímetros de distancia física que resultaban inútiles frente a la tensión magnética que los unía.
—Yo... solo no he logrado dormir bien desde aquella noche —admitió ella, bajando la vista hacia la espuma de su café.
Daniel soltó una pequeña risa, un sonido ronco que vibró en el pecho de Victoria.
—Bueno, tú te