El eco de los tacones de Victoria sobre el pasillo de mármol del edificio de Daniel sonaba como una declaración de guerra. Cuarenta minutos después del mensaje, ya estaba frente a la puerta del departamento donde todo había comenzado con aquel primer beso. El aire se sentía cargado, denso, como si las paredes mismas guardaran el secreto de su acuerdo.
Cuando tocó, no pasó mucho tiempo antes de que la puerta se abriera. Daniel apareció frente a ella, impecable pero con una sombra de cansancio