Alberto Meléndez no se inmutó ante el desafío de su nieto. Con la calma de quien ha movido hilos durante décadas, respondió que un buen matrimonio proyectaría la estabilidad necesaria frente a los inversores del proyecto del hotel. Daniel suspiró, sintiendo un peso asfixiante en el pecho. Miró de reojo a Carolina; la quería, pero como a una hermana. Sabía que ella ya le había entregado su corazón a alguien más y él no estaba dispuesto a pisotear la felicidad de su amiga por un frío contrato nup