La mansión Meléndez se alzaba imponente, una estructura de piedra y hierro que respiraba una autoridad fría. Julián, su mano derecha y jefe de seguridad, ya lo esperaba en la entrada con el rostro tenso.
—Jefe, qué bueno que regresó —saludó Julián, abriéndole la puerta del auto.
Daniel salió, ajustándose la chaqueta, con la mente todavía en el sabor de los labios de Victoria.
—Gracias, Julián. ¿Ya llegó mi madre? —preguntó, esperando que Mónica fuera el amortiguador de lo que fuera que es