La noche comenzaba a caer con pesadez sobre Valemont cuando el automóvil abandonó finalmente el perímetro del complejo penitenciario. Las luces de la ciudad aparecían de forma paulatina entre los imponentes edificios del horizonte, mostrándose lejanas, difusas y distorsionadas por la velocidad.
Julián conducía con su habitual destreza, manteniendo la vista fija en el asfalto.
Lex ocupaba el asiento del copiloto, con una postura que delataba el cansancio de las últimas horas.
Y Daniel permane