A la mañana siguiente, Brenda Rivera atravesó el edificio corporativo de Grupo Rivera con la seguridad de una mujer que acababa de cerrar el mejor negocio de su carrera. Su postura era impecable, altiva, y sus ojos reflejaban la victoria.
Los empleados la saludaban al pasar con reverencia.
Los asistentes se apartaban de su camino de inmediato, abriéndole paso.
Todo parecía exactamente como debía ser.
Exactamente como le pertenecía.
La venta del ochenta por ciento de las acciones había resu