La tarde caía lentamente sobre Valemont cuando Daniel y Julián atravesaron los rígidos controles de seguridad del complejo penitenciario. Ninguno de los dos pronunció una sola palabra durante todo el trayecto por los pasillos grises. No era necesario. Ambos sabían con absoluta precisión a qué habían ido a ese lugar y cuál era el precio de la jugada.
Minutos después, Daniel ocupó su lugar frente a la fría mesa metálica de la sala de visitas. Julián permaneció de pie algunos pasos detrás de él,