Daniel observó una última vez a los hombres reducidos, su figura recortada contra la penumbra del sótano antes de emitir su veredicto con una frialdad absoluta.
—Libérenlos en el bosque —ordenó, su voz carente de cualquier rastro de piedad—. Y que su propio destino se encargue del resto.
Nadie cuestionó la orden. Ni siquiera Lex, que conocía bien el lenguaje implícito de Daniel: ser abandonado en ese estado, en medio de la nada y con enemigos al acecho, era a menudo una sentencia más lenta