El camino se alejaba cada vez más de la civilización, transformándose en una ruta de tierra húmeda flanqueada por una vegetación que parecía querer devorar lo poco que quedaba de la carretera. Victoria Rivera sentía que el aire se volvía más pesado con cada kilómetro, una presión en el pecho que solo aumentó cuando divisó la construcción vieja y oxidada que servía de destino. El silencio del bosque no era tranquilizador; era una advertencia silenciosa de que estaba entrando en una trampa diseña