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Cuando Daniel abrió la puerta de la habitación, encontró a Victoria sentada al borde de la cama. No estaba llorando, y ese silencio gélido le preocupó todavía más que cualquier estallido de ira; era el síntoma de alguien que ha aprendido a sufrir hacia adentro.

Victoria permanecía inmóvil, con la mirada perdida en algún punto del suelo mientras sus manos seguían entrelazadas con demasiada fuerza sobre su regazo. Parecía estar intentando mantenerse entera únicamente por la inercia de la costum
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