Mientras el oficiante comenzaba la ceremonia, Daniel no escuchó una sola palabra. Solo podía mirar a Victoria: la forma en que mantenía la espalda recta, la forma en que fingía que todo estaba bien y la manera en que seguía enfrentando sola el peso de ambos apellidos. Por primera vez en muchos años, Daniel maldijo el momento exacto en que los Meléndez decidieron convertir a los Rivera en enemigos. Viendo a Victoria ahí, vestida de blanco y sonriendo como si no estuviera completamente rota, el a