En una de las habitaciones de la mansión Meléndez, la calma era casi irreal, una burbuja de seda y encaje que aislaba a Victoria del caos exterior. El vestido blanco caía sobre su cuerpo con una perfección arquitectónica, pero mientras las asistentes se retiraban, dejando solo a Estefany a su lado, el peso de la prenda parecía ser más emocional que físico.
Frente al espejo, Victoria apenas lograba reconocer la imagen que le devolvía el cristal. Al acomodar el velo, sus manos temblaron levemen